El problema del ciberacoso en internet

A medida que las estructuras físicas van dejando paso a las estructuras digitales, los comportamientos de las personas van adaptándose a esos nuevos entornos. La naturaleza humana se manifiesta en los contextos en los que opera y, siendo el mundo en el que vivimos cada vez más digital, las manifestaciones de esa naturaleza, cada vez más, surgen en internet.

Esto se da tanto para lo bueno como para lo malo. Internet se ha convertido, con su auge, en un recipiente para cosas como el altruismo, la cooperación, el activismo, la expansión de ideas, la interconexión entre personas y realidades, y la capacidad de compartir. Pero también se ha convertido en un vehículo para comportamientos nocivos como la ciberdelincuencia en sus variadas formas.

 

Una de las más oscuras es el fenómeno del ciberacoso. Como ya sabremos, este es el tipo de acoso o intimidación que tiene lugar por medio de herramientas digitales. Esto conlleva una serie de problemáticas adicionales a las que trae consigo el acoso tradicional. Una de las más importantes es el hecho de que, en un mundo tan digital y conectado como hacia el que nos encaminamos —y en el que, de hecho, estamos—, el ciberacoso es una amenaza constante que las víctimas, estando conectadas, pueden sufrir durante las 24h del día, todos los días del año, estén donde estén. Las formas de acoso tradicional, obviamente, son igualmente graves, pero al menos están restringidas a un ámbito físico y temporal concreto. Una vez fuera de ese ámbito, la víctima no está expuesta a los ataques y, de alguna forma, puede encontrar algo de respiro. En el caso del ciberacoso, esto no es así, por lo que hablamos de una problemática que debe prevenirse en la medida de lo posible y atajarse con la mayor firmeza y resolución.


 


Se trata de un fenómeno sobre el que tanto familiares y allegados como colegios —ya que suele afectar en gran medida a niños/as y adolescentes— (aunque también puede aparecer en otros contextos como universidades o incluso empresas), deben estar prevenidos y listos para actuar. Las autoridades cuentan con cada vez más mecanismos para localizar y hacer frente a estas amenazas, por lo que también es importante tener en cuenta su papel en la resolución de los conflictos. Pero la parte más importante en todo esto siempre es la víctima, y es importante que esa víctima cuente con herramientas para hacer frente a la situación.

Algunas recomendaciones básicas en este sentido tienen que ver con hacerse consciente de cuestiones como que el acosador/a, lo que suele buscar, es atención, por lo que no es recomendable contestar o involucrarse en sus ofensivas, ni tampoco tomar represalias personalmente frente a él/ella. Bloquear y evitar la reactividad en la respuesta que los acosadores buscan es una buena manera de comenzar a lidiar con la situación. De hecho, limitar nuestra actividad en redes sociales y evitar compartir información sensible es una forma de prevención de este tipo de actuaciones.

También es importante guardar y hacer acopio de todas las pruebas que puedan poner en evidencia al agresor/a (ej. hacer capturas de pantalla de los mensajes ofensivos, guardar las conversaciones, grabar llamadas o notas de voz, etc.). Todo ello puede ser muy útil en caso de tener que tomar acciones legales. Otro paso importante a dar es comunicar las agresiones a la plataforma en la que se estén produciendo. Muchos de estos comportamientos están prohibidos en atención a las políticas y términos de uso de las plataformas digitales donde tienen lugar (ej. redes sociales), y al comunicarlo podremos lograr que se cancelen las cuentas de los agresores. Por último, y quizás la recomendación más importante es pedir ayuda. Hablar de la situación con profesores, superiores, familiares y allegados o, incluso, poner la situación en atención de la policía, es una vía muy eficaz para compartir la carga y resolver un problema grave para el que hay soluciones.

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